CUADERNO · Nota 127 · Ninguno de los Suyos

Nochebuena en Oyarzun

El cabo primero José Peña Medina tenía veintiséis años y dos hijos cuando entró a trabajar la mañana del 24 de diciembre de 1986. La Comandancia de Oyarzun le había asignado el turno de día porque alguien tenía que hacerlo. En Intxaurrondo, en Hernani, en Pasaia, en cualquier puesto de la provincia, en Nochebuena alguien tenía siempre el turno de día.

Eso significaba madrugar. Significaba salir de casa antes de que los críos se levantaran. Significaba decirle a la mujer que volvería a tiempo para la cena. Significaba creérselo él también.

A media mañana llamaron por una incidencia en un hipermercado del pueblo. Un paquete sin remitente, cintas de embalar mal dobladas, peso raro. Peña Medina fue. Era el procedimiento. Era el oficio. Era lo que se hace cuando un guardia civil de veintiséis años con dos hijos lleva el uniforme.

Lo que vino después dura el tiempo que dura una decisión. Diez segundos. Quince. Treinta. Una mano que se acerca. Una caja que se abre.

Galindo lo escribió años después en sus memorias con una sola línea: «Aquella noche no hubo fiesta en ningún hogar de la Comandancia.»

Lo que no escribió nadie es lo otro. Que en una casa de Oyarzun, aquella tarde, una mujer dejó los regalos sin envolver sobre la mesa del salón. Que dos niños esperaron en pijama a que sonara la puerta. Que sonó, pero no era la puerta. Que era el teléfono.

Hay una España que cena en Nochebuena. Hay otra que recibe la llamada que cancela la cena para siempre. Y entre las dos, durante muchos años, la primera no quiso saber que la segunda existía.

El cabo primero José Peña Medina murió haciendo el trabajo más cotidiano de los oficios extraordinarios: comprobar si una caja con olor raro es lo que parece. Estaba a doce días de empezar el año nuevo. Tenía veintiséis años. Y en su casa, alguien había comprado los regalos para envolverlos esa misma tarde.