CUADERNO · El peso del silencio

Las foreñas

Hay un nombre, en los puertos del Campo de Gibraltar, para los barcos de pesca pequeños que salen a alta mar a recoger carga. Foreñas. No figura en el diccionario. No lo dice la Real Academia. Lo dicen los pescadores. Lo dicen los guardias civiles. Lo dicen los narcos. Y todos saben de qué hablan.

Una foreña es una embarcación menor, de ocho o nueve metros como mucho, con un solo motor, casco de fibra, casi ningún equipamiento, ningún radar, bandera de pesca artesanal y dos hombres dentro. Sale del puerto antes del amanecer como sale cualquier otro barco de pesca. Lleva las redes a bordo y las nasas a popa y el café en termo y el bocadillo en una tartera de plástico. Y sale.

Pero no va a pescar.

La foreña pone rumbo a un punto exacto a doce o catorce millas de la costa, donde un pesquero más grande —marroquí, español, sin bandera— le entrega doscientos o trescientos kilos de hachís envueltos en plástico. La foreña los carga, da media vuelta y regresa al puerto. Los descarga en otro lugar de la costa, a veces en una cala discreta, a veces en otro pesquero esperando, a veces en una furgoneta con el motor en marcha. Y los dos hombres vuelven a casa.

Por cada viaje, dos mil euros para el patrón, mil para el tripulante. Eso es más que un mes de pesca decente.

Hay foreñas en Algeciras, en Tarifa, en La Línea, en Barbate, en Conil. En La Atunara y en Pelayo. Las hay también en pueblos donde uno no esperaría: Estepona, Marbella, San Roque. No son mafias. Son familias. Padres con hijos, hermanos, primos, cuñados. Gente que lleva tres generaciones viviendo del mar y a la que el mar ya no le da para vivir.

Es muy fácil escribir sobre esto desde Madrid, desde un despacho de la Audiencia Nacional, desde una redacción del Eixample. Es muy fácil decir «la foreña es un eslabón del narcotráfico» y pasar página. Pero la foreña es también el último puente que conecta a un pueblo pesquero con un dinero que existe, con una vida que se puede pagar, con una hipoteca que se cierra a fin de mes.

Eso no excusa nada. No lo legitima. No lo defiende. Solo lo explica.

Los economistas tienen una palabra para esto: economía de subsistencia. Los antropólogos tienen otra: integración estructural del crimen. Los pescadores del Estrecho tienen una más sencilla, que no figura en ningún diccionario:

—Salir a la foreña.

Y se entiende todo.