CUADERNO · Eugene Kenneth Brown · Ninguno de los Suyos
El corredor de la República Argentina
Eugene Kenneth Brown tenía cuarenta y cinco años, vivía en Nueva Jersey, trabajaba como controller de inventarios para Johnson & Johnson y la mañana del 9 de septiembre de 1985 salió del Hotel Eurobuilding de Madrid a hacer su entrenamiento habitual. Pantalón de chándal, zapatillas de deporte, ninguna documentación encima. Había llegado tres días antes, procedente de Roma, para una reunión de directivos de la filial española. Tenía billete de Iberia para volver a casa esa misma noche.
Pasó por la plaza de la República Argentina a las siete y veinte de la mañana, en el momento exacto en que un autobús lleno de guardias civiles que se dirigía a custodiar la embajada soviética cruzaba el semáforo, y en que un coche estacionado donde estaba prohibido estacionar terminaba de cumplir el plazo para el que había sido aparcado. El conductor del autobús vio el ámbar. Vio el coche. Decidió no parar. Aceleró. Estalló el coche.
Los fragmentos de metralla alcanzaron a Brown en el cuello, el pecho y el abdomen. Un guardia civil llamado Jesús Cirilo Pérez fue el primero en llegar a su lado. Tapó la herida del cuello con un pañuelo y presionó durante todo el traslado al hospital para contener la hemorragia. No se conocían. No hablaban el mismo idioma. No importó. Pérez mantuvo la presión con las dos manos durante los minutos más largos de la vida de un hombre al que nunca había visto y al que nunca volvería a ver consciente.
Cuatro horas de cirugía. Coma profundo. Brown no volvió a abrir los ojos. Murió el 11 de septiembre. Su mujer fue avisada por la dirección del hotel. Nadie de su familia llegó a tiempo.
Los autores materiales fueron identificados: cinco miembros del comando Madrid de ETA. José Ignacio de Juana Chaos. Juan Manuel Soares Gamboa. Belén González Peñalva. Inés del Río Prada. Esteban Esteban Nieto. Nombres que después se cruzarían con otros hilos de la historia de España de maneras que nadie podía prever aquella mañana de septiembre.
Eugene Kenneth Brown fue la única víctima mortal del atentado. Y fue la única víctima mortal estadounidense de ETA en toda la historia de la organización. Lo sigue siendo.
Una sola persona. Un controller de inventarios. Un hombre que se cuidaba, que se levantaba temprano, que llevaba la vida austera y disciplinada del que quiere durar. Un lunes, una zapatilla, una calle de Madrid, un coche aparcado.
Dieciocho muertos en El Descanso. Ochocientos cincuenta y tres víctimas mortales de ETA. Doscientos cuarenta y un marines en Beirut. Los números grandes producen titulares. Un solo muerto americano en toda la historia de una organización terrorista europea no produce nada. No hay portada. No hay discurso presidencial. No hay resolución del Congreso. Hay un hombre tirado en una acera de Madrid a las siete y veinte de la mañana con un pañuelo de un desconocido apretado contra el cuello.
Y sin embargo.
Cinco meses antes de que Brown cayera en la plaza de la República Argentina, dieciocho personas habían muerto en el restaurante El Descanso, a cuatrocientos metros de la base aérea de Torrejón. Trescientos comensales, muchos de ellos norteamericanos. Una bomba de cloratita. Dos reivindicaciones incompatibles. Y, según las listas oficiales, ninguno de los dieciocho muertos era americano.
Ninguno.
Cuarenta años después se supo lo que los gobiernos de España y Estados Unidos habían tapado: al menos tres militares norteamericanos habían muerto en El Descanso. Sus cuerpos fueron retirados antes del amanecer, con autorización española, y trasladados a la base en ambulancias sin distintivos. Nunca aparecieron en ninguna lista. Nunca se comunicó a la prensa. Tres cadáveres americanos que dejaron de existir entre los escombros y el amanecer.
Brown no tuvo ese tratamiento. Brown estaba en una lista. Brown tenía nombre, apellido, número de pasaporte, habitación de hotel. Brown era visible. Demasiado visible para desaparecer, demasiado insignificante para importar.
Ahí terminó la historia oficial.
Porque entre los marines de Beirut, los muertos sin nombre de El Descanso y un corredor solitario de la República Argentina, había una línea que cualquier ingeniero electrónico de Langley podía dibujar en un mapa con una regla. Una línea que conectaba un cuartel volado en el Líbano con un restaurante reventado en Madrid con una plaza donde un hombre que no tenía nada que ver con nada murió por estar en el sitio equivocado a la hora equivocada.
Hay una frase que alguien dijo en algún momento de aquellos años, casi de pasada, como quien comenta el tiempo: «Los americanos nunca olvidan a los suyos.»
La novela Ninguno de los Suyos cuenta lo que pudo pasar después de esa frase. No es una venganza de película. Es algo más callado, más preciso y más frío: la historia de un ingeniero que construía cosas que cabían en la palma de la mano, que perdió a su mejor amigo en una plaza de Madrid, y que tardó quinientos días en terminar lo que empezó la mañana en que le sonó el teléfono de la cocina y al otro lado estaba la viuda de Gene preguntándole qué había pasado porque no sabía a quién más llamar.
Hay un dato que conecta el principio con el final y que la historia registra sin comentario.
Belén González Peñalva fue una de los cinco miembros del comando Madrid condenados por el atentado de la plaza de la República Argentina. La misma unidad que mató a Brown.
Año y medio después, Belén González Peñalva estaba en Medea, Argelia. Junto a Domingo Iturbe Abasolo, Txomin, el líder más carismático de la historia de ETA. Estaba con él cuando murió, el 27 de febrero de 1987, en circunstancias que nadie ha aclarado.
Tres versiones de esa muerte. La del gobierno argelino: accidente de tráfico. La de las memorias de Galindo: se cayó de un tejado colocando una antena. La de los testigos: se cayó de un andamio pintando una capilla. Ninguna coincide. Nadie investigó la discrepancia.
Cuatro actores —ETA, España, Argelia y un cuarto que no figura en ningún expediente— tenían motivos para callar. Tres versiones incompatibles. Cero investigación. Cuando una muerte conviene a todos, nadie hace preguntas.
Y hay un detalle más: un ingeniero americano que había estado trabajando en Argel con cobertura de consultor energético desapareció el último día de febrero de 1987 sin que nadie registrara su salida.
A Brown lo enterraron en un cementerio judío pequeño cerca del pueblo de Pensilvania donde había nacido. No era Arlington. No había honores militares, ni bandera sobre el féretro, ni toque de corneta. Era un cementerio de pueblo: lápidas modestas, hierba que crecía entre las grietas, un muro bajo de piedra que separaba a los muertos de un campo que empezaba a ponerse amarillo con el otoño.
El tipo de sitio donde se entierra a la gente que no sale en las noticias.
En septiembre de 2024, casi cuarenta años después, el Ayuntamiento de Madrid descubrió una placa en la plaza de la República Argentina: «Aquí fue asesinado por la banda terrorista ETA / Eugene Kenneth Brown / el día 9 de septiembre de 1985 / Verdad, Memoria, Dignidad y Justicia.» Su hijo Michael asistió al acto. Ya no tenía once años. Ya no miraba la tierra como si pudiera ver a través de ella. Pero seguía allí.
En 2007, la embajada de Estados Unidos reconoció formalmente al guardia civil Jesús Cirilo Pérez su «ejemplo grandioso de solidaridad, humanidad, valor y amistad». Veintidós años después de apretar un pañuelo contra el cuello de un desconocido en una acera de Madrid.
Hay gente a la que no la olvida nadie. Aunque no salga en las noticias. Aunque tarde cuarenta años en tener una placa. Aunque la única prueba de que alguien se acordó sea un circuito montado en silencio, en una habitación sin ventanas, al otro lado del mundo.
Ninguno de los Suyos, de M.A. Miñambres, es un thriller histórico basado en hechos reales que cuenta lo que la historia registra y lo que los archivos callan. Disponible próximamente.